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jueves, 8 de mayo de 2014

Murió Richard Hoggart

Murió Richard Hoggart


El último 10 de abril falleció Richard Hoggart, considerado junto a Raymond Williams y Edward Thompson  uno de los “padres fundadores” de los Estudios Culturales británicos; además de haber sido el primer director del prestigioso Centre for Contemporary Cultural Studies.
Su obra más citada e influyente, publicada en 1957, The Uses of Literacy –traducida al español como La cultura obrera en la sociedad de masas- ha sido clave en la constitución del campo académico de la comunicación latinoamericano y argentino.  Allí aborda los cambios ocurridos, durante los años ´30 y ´40, en la cultura de la clase obrera inglesa a partir de la creciente influencia de la cultura de masas. La fuente principal para ese estudio fue su propia experiencia como integrante de esa clase social, lo que le permitió indagar en las actitudes y comportamientos, prácticas, costumbres y tradiciones, mediante los cuales la clase obrera ofrecía resistencia al embate de una industria cultural que comenzaba un proceso de expansión inédito hasta esos días y que no iba a detenerse.
El énfasis puesto en gran parte del libro en la descripción y análisis de esos mecanismos de resistencia no le impidió a Hoggart identificar críticamente algunas tendencias:
“… es necesario concluir que los miembros de la clase obrera están mucho menos influidos por su consumo cultural (de masas) de lo que podría suponerse. Sin embargo, cabría preguntarse cuánto tiempo más durará este capital moral tradicional, o si seguirá renovando para que el efecto continúe como hasta ahora”
 
Una pregunta fundamentada en la creciente expansión de la industria cultural y… del sistema educativo. Un movimiento contradictorio -¿o complementario?:
“El movimiento obrero luchó porque la educación fuese gratuita y obligatoria, pero el uso que han sido obligados a hacer de sus posibilidades de lectura les ha provocado una regresión cultural  mucho mayor que la que existía cuando la mayoría no sabía leer (…) la clase obrera que aspira a una mejor educación no tiene a su disposición una literatura y una prensa que respondan racionalmente a su proyecto”  
 
Los ecos frankfurtianos de buena parte de las “Conclusiones” de este libro (“Para la clase dominante, es más fácil atraer a la clase obrera a una cultura sin referencias objetivas de clase, ahora que las condiciones económicas hacen menos urgentes los deberes de lealtad y solidaridad de grupo”, dice casi al final) fueron ignorados por quienes marcaron la agenda de investigación –de objetos, teorías y métodos- en el proceso de institucionalización de los estudios latinoamericanos en comunicación y cultura; Jesús Martín-Barbero, como una de las figuras más destacadas de ese proceso. Privilegiaron la resistencia, como si esta fuera  ontológica y ahistórica.
De este modo se dejó sentada la base para la extensión de una tendencia que goza de muye buena salud en gran parte de los analistas e investigadores culturales: la de ver resistencia en cualquier manifestación simbólica de los sectores populares. Paradójicamente, o no, son esos mismos analistas e investigadores culturales los que no dudan en mirar de manera desdeñosa,  o en condenar explícitamente, a esos mismos sectores populares, y a la clase obrera directamente, cuando sus expresiones dejan el plano de lo simbólico y pasan a la acción directa, o sea a la dimensión estrictamente política: cuando esa clase social pugna por, parafraseando a Hoggart, volver a tener una cultura con rostro.   

jueves, 25 de agosto de 2011

Feinmann, el destituyente

Feinmann, el destituyente

La última columna del “intelectual” rabiosamente kirchnerista, José Pablo Feinmann, convoca, en el marco del futuro gobierno de “unidad nacional”, a dejar a los “canallas afuera” de dicho acuerdo. Los canallas serían los que no quieren el triunfo de Cristina, sino “el propio, el de sus intereses, el de sus finanzas y para ello acuden a cualquier cosa. Sobre todo, a la mentira y a la injuria. Con todos, sí. Pero con ellos, no” (Página/12 15/08). Pero los que velan por sus propios intereses, “ellos”, son las grandes corporaciones agrarias, petroleras, automotrices, mineras, y ¡bancarias!, a no ser que el “intelectual” piense que se trata de entidades benéficas. Y no recurren a “cualquier cosa”, “ellos” saludaron en forma exultante el rotundo triunfo de la presidenta en las primarias del último domingo. Se trata de un planteo destituyente para con el gobierno. Por eso, Feinmann recurre a un ejemplo para aclarar de qué está hablando. Como no se puede estar con todos, señala que “uno, si no es claramente un hijo de puta, no camina ni tres pasos con un tipo que está con Videla”. Ahora sí, parece que Feinmann se refiere a los Blaquier, los Franco Macri, los Roggio, etc; seguramente también a los Moyano y Gerardo Martínez, o sea a la “burguesía nacional” y la burocracia sindical: dos pilares fundamentales del poder político del kirchnerismo, quienes han sabido dar largas caminatas con los represores de la dictadura. Si Feinmann quiere excluir a los canallas del kirchnerismo, se queda con muy poco, con casi nada, no él, el kirchnerismo.

Maximiliano Duquelsky

lunes, 8 de noviembre de 2010

¿Qué pasó con la nobleza, Pablo? ¿Se la dejaste a Ernestina?

¿Qué pasó con la nobleza, Pablo? ¿Se la dejaste a Ernestina?

Ningún sector está dándole un uso político tan grande a la muerte de Kirchner como el propio kirchnerismo. La verdad, o la realidad, que son lo mismo según las sabias palabras del General, ya no importan. Los escribas que hoy trabajan para el poder estatal han abandonado el principio que algunos de ellos sostuvieron hasta hace poco de acercarnos a la verdad -o a la realidad,que son lo mismo. Hoy el poder político, ante la asuencia de su jefe, necesita de un mito. Y allí están ellos, los profesionales de la palabra para brindar sus servicios. El Flaco, dice Pablo Llonto. Néstor, dicen otros. Una manera de generar cercanía. Pero no de ellos con Kirchner. Sino de Kirchner con ellos. Era uno de nosotros. Néstor, el Flaco. El primer paso de la operación mítica deja a Kirchner sin apellido.

Pero también sin historia. Te recuerdo, Pablo, que el Flaco era el mismo que en 2004 mandó a 600 guardias de infantería a desalojar con gases, palos y camiones hidrantes la planta donde se imprimía Clarín, ocupada por los trabajadores gráficos en protesta por el despido de toda la comisión interna y de otros trabajadores del “monopolio”. La misma arbitrariedad que vos sufriste allá por 1999, cuando eras delegado gremial. ¿Qué pasó Pablo, te olvidaste de ese “detalle” del gobierno del Flaco, te olvidaste de tus ex compañeros? Kirchner nunca garantizó que los principios constitucionales de asociación gremial pudieran cumplirse en Clarín. Ni siquiera luego de haber roto el pacto con “el monopolio”; el mismo “monopolio” al que le extendió sus licencias de radio y televisión por diez años más, allá por 2005. Cómo puteaste en ese momento, Pablo. Pero no sacaste las conclusiones del caso.

Te veo seguido, Pablo, en 6,7,8 y Duro de Domar. Si se va seguido a los programas donde circulan funcionarios de reconocida e intachable trayectoria ética y popular, como Aníbal Fernández o Julio de Vido, es obvio que ya no te vea en piquetes, huelgas y protestas de los trabajadores. El Flaco se horrorizó por el crimen de Mariano Ferreyra, decís. Creo que fue así, que se horrorizó. Tanto que estos programas a los que habitualmente concurrís fueron los únicos de la televisión argentina donde no fueron invitados ni obreros ni compañeros de militancia de Mariano. Invitaron a funcionarios. El objetivo: colaborar en la operación de inteligencia –perdón por la exageración- que tenía por objetivo aprovechar la muerte de nuestro compañero para dirimir la interna del PJ contra Duhalde y despegars al Flaco de sus vínculos con Pedraza, separando a Moyano de la Unión Ferroviaria. La famosa democratización de la comunicación. La misma que dijiste, hace unos años en la Facultad de Ciencias Sociales, no iba a ser llevada adelante por el Flaco. Ahora resulta que arremetió contra Clarín y Papel Prensa. ¿Los compañeros de Mariano tendremos nuestra cuota de papel y nuestra licencia de radio o tv? ¿O serán para los viejos nuevos Gvirzt y Spolsky? ¿Y las telefónicas, Pablo? ¿Acaso el gobierno del Flaco no acaba de profundizar el monopolio de Telefónica/Telecom aprobando la nueva composición accionaria y desestimando la denuncia por práctica monopólica?

Ay Pablo, de un día para el otro Pedraza se convirtió en impostor y Moyano en un ejemplo de dirigente gremial ¿Es necesario recordarte lo que hacía Moyano en los setenta en Mar del Plata y alrededores? ¿O el papel jugado en estos años, por ejemplo, en ponerle tope a las paritarias? El Flaco devolvió las paritarias, dicen. Mentira, la arrancaron los trabajadores. Por eso el Flaco recurrió a los servicios de Moyano y Yasky para ponerle techo. De un día para el otro, también, apareció el Pedraza dueño de las tercerizadas que emplean trabajadores en el ferrocarril por la mitad del sueldo que deberían cobrar. ¿No se te ocurrió preguntarle a Tomada, abogado de la Unión Ferroviaria por más de 20 años y hoy ministro de Trabajo del Flaco? ¿Por qué no se hizo nada antes? ¿Por qué hubo 93 instancias de mediación entre la empresa y los tercerizados en el Ministerio de Trabajo y no se solucionó el problema? El gobierno del Flaco podía haber evitado que mataran a mi compañero de 23 años. Pero para eso había que tocar los negocios de Pedraza.

Decís con toda razón que la burocracia sindical mató a nuestro compañero pero nada decís que esa burocracia apoyaba al Flaco, y que el Flaco se recostaba en ella. A propósito, ¿quién inauguró la Casa del Trabajador Ferroviario en 2009 e hizo una reivindicación pública de Pedraza? ¡¡¡En 2009, Pablo!!! La presidenta y esposa del Flaco. La misma que celebró el regreso de la Juventud Sindical ¿Hace falta que te recuerde qué papel jugó esa juventud en los setenta? Continuemos, mejor. Omitís mencionar el papel jugado por la policía de Scioli, reprimiendo a los tercerizados del Roca y no a la patota de Pedraza. Pero mencionar eso te llevaría a denunciar que la Policía Federal liberó la zona en Capital para que los esbirros de Pedraza acribillaran a nuestros compañeros. La policía del gobierno del Flaco, Pablo. No es la primera vez que pasa. Por mencionar un solo caso: preguntale a los trabajadores del Casino detenidos por la Gendarmería y la Policía Federal y sometidos a diversos vejámenes en las comisarías. No lo digo yo, militante del Partido Obrero. Lo denunció, entre otros, una de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Pero ahora escribís para el poder que defiende a Cristóbal López, dueño del Casino, cuando antes combatías ese mismo poder.

¿Contradicciones de un gobierno? Puede ser. De ser así, ¿por qué ocultarlas? ¿Por qué no ponerlas sobre la mesa y que cada uno haga su balance? ¿A qué le temés, Pablo? ¿A qué cada uno encuentre una lógica entre el llamado del Flaco, allá por 2003, a construir “brigadas antipiqueteras”, y cada una de las zonas liberadas por las policías, Gendarmería y Prefectura para que las patotas sindicales actúen con total impunidad? Le hicieron caso al Flaco, no hay dudas.

El mito debe ser tan grande que es necesario ocultar las propias palabras del sujeto a mitificar. No era por el “fifty fifty” que el Flaco intentó aplicar la 125; él mismo, que era mucho más sincero que vos, dijo claramente que debía pagar deuda. ¿Te acordás, Pablo, cuando marchabas por el no pago de la deuda externa? ¿Qué pasó? ¿De golpe la deuda fraudulenta se convirtió en objeto de honra? ¿O ahora tenés que “honrar” otra cosa, Pablo? Un dirigente rural reivindicó la política agropecuaria del Flaco delante de su mismo cajón y de cara a la presidenta. Dijo que se terminaron los remates y que nunca la rentabilidad había sido tan alta para el agro. Se olvidó de agradecerle al Flaco por mantener o no hacer nada contra las altísimas tasas de empleo en negro y trabajo infantil en el campo, dos características indispensables para aumentar la rentabilidad.

Destacás el matrimonio igualitario pero no decís nada de la negativa del gobierno del Flaco a legalizar el aborto, ni de las subvenciones del Estado a la Iglesia. ¿Que me quedo con lo malo y no reconozco lo bueno? Es una manera de verlo. La otra puede ser que me importan más las miles de mujeres que se mueren por año por abortos clandestinos y el deterioro de la educación pública a cambio de subvencionar a la privada. Ahí sí hay un interés estructural que afectar. ¿Por qué no hacer las tres cosas? ¿No están dadas las condiciones? ¿Entonces el Flaco sólo hacía lo que se podía hacer? ¿Si hacía lo que se podía hacer, cómo es entonces que enfrentó a los poderes establecidos? Se enfrenta al poder para hacer lo que no te dejan, Pablo. Principio básico de los que luchan contra las injusticias.

No hacía falta tanto, Pablo. Te pregunto: ¿era necesario mencionar a los mineros de Río Turbio? Sí, era necesario. Porque si hubieses mencionado, por ejemplo, a los docentes santacruceños en lugar de a los mineros iba a ser muy difícil que no saliera a la luz la orden librada a la Gendarmería, la Policía provincial y a la Prefectura de militarizar las escuelas de la patria pingüina para impedirles el paso a los docentes y directivos que estaban en huelga. Ni hablar de las represiones a los petroleros y desocupados de la provincia del Flaco; donde no se hacía nada sin su venia. Mencionás los noventa, ¿qué hizo el Flaco en los noventa? No te pregunto por lo que hizo durante la dictadura mientras se chupaban, torturaban y hacían desaparecer a sus compañeros de la “juventud maravillosa” porque me da vergüenza ajena. El del Flaco debe ser el único caso en que puede resumirse su actividad durante esa época a una circular: la 1050.

Por último, tenés todo el derecho a construir el mito del Flaco como el último gran estadista. Eso sí, no escatimás recursos para eso. Te decís leninista y trotskista para mofarte de quienes abrazan esas ideas. Casualmente las que abrazaba Mariano Ferreyra. Nosotros somos más respetuosos. No nos mofamos de los kirchneristas ante la pérdida de su líder político. Discutimos con ellos. No los puteamos, como vos decís que puteabas al Flaco. Debatimos, fuertemente, con nuestras convicciones, que no cuelgan de ningún poster –qué bajo caíste con este comentario despectivo, Pablo-. Esas mismas convicciones que parece que has perdido junto con el respeto por los muertos asesinados por los aliados del Flaco ¿Cambiaste de opinión? Puede ser ¡Pero qué casualidad! Cambiaste por las ideas que hoy son parte del poder. Tan perdido estás que luego de definirte leninista y trotskista terminás diciendo que sos anarquista. Un anarquista más papista que el Papa, vaya contradicción. Entre paréntesis: ¿Qué querés demostrar, Pablo? ¿Qué podés ser otro Vertbisky? Un detalle, los anarquistas no hubiesen votado nunca al Flaco. No por el Flaco, sino porque los anarquistas no votaban, deliberadamente. Si estás confundido, no confundas.

Mis saludos a quienes han sentido que perdieron a un líder político. Seguiremos discutiendo. Para vos, Pablo, un consejo y una pregunta. En vez de pedirle perdón al Flaco, deberías pedirle perdón a la gente que leyó tu columna por haber menospreciado su capacidad intelectual. Y la pregunta, jugando con el título de ese valiente libro que escribiste: ¿Qué pasó con la nobleza, Pablo? ¿Se la dejaste a Ernestina?
Maximiliano Duquelsky

lunes, 3 de agosto de 2009

De los radicales K a los kirchneristas R

De los radicales K a los kirchneristas UCR

Hace pocos años Eduardo Aliverti lanzó una máxima que fue usada hasta el hartazgo por quienes veían en el kirchnerismo una suerte de gobierno centroizquierdista o progresista y llamaban a a apoyarlo. El periodista y locutor sostenía por ese entonces, y hasta hace poco, que "a la izquierda de Kirchner no hay nada". Una manera concisa de señalar que lo máximo a lo que podían aspirar los sometidos de siempre era a un gobierno como éste. No pidan más porque no hay más.

El kirchnerismo hoy ya no goza de las relativas simpatías populares que supo tener ni de las burguesas; su proyecto político está agotado y su función histórica más que cumplida. A tal punto las cosas han cambiado que el mismo periodista, quien afirmaba que no había nada a la izquierda de Kirchner, hoy le recomienda "articular un arco de alianzas amplio". La pregunta es con quién. ¿Con las alternativas a la burocracia sindical? ¿Con los movimientos sociales que rompieron con el gobierno, y podrían volver? ¿Con los que no quieren ni quisieron sacar los pies del plato? ¿Con los sectores afines al gobierno que son críticos del aparato del PJ? Nada de eso, para Aliverti ese arco amplio de alianzas debe integrar - suponemos que como actor principal ya que es el único sector que menciona- a "porciones del radicalismo", que están "asustados con lo que se viene".

Si antes era que a la izquierda de Kirchner no había nada hoy podríamos decir que al kirchnerismo no le queda nada ni nadie de "izquierda".

viernes, 24 de julio de 2009

Política y teoría

Política y teoría


Después de la teoría es el título de uno de libros publicados por Terry Eagleton, prestigioso ensayista inglés que todavía, y más allá de cualquier moda intelectual, sigue reivindicándose marxista a la hora de abordar el análisis político y cultural.
Precisamente sobre "modas" trata el primer capítulo, "La política de la amnesia", donde Eagleton nos brinda un panorama del estado de las investigaciones en ciencias sociales y los desplazamientos que allí han ocurrido, sobre todo, en los objetos de estudio.
Con una fina ironía, el autor inglés nos describe el vínculo estrecho que existe entre política y teoría, entre la funcionalidad, o no, de lo que se investiga y la repoducción, o no, del sistema social.
A continuación un fragmento de este brillante capítulo, que perfectamente podía haberse escrito luego de un paseo por alguno de los institutos de investigación social argentinos.

"...¿Qué tipo de pensamiento nuevo exige esta nueva era? Para poder responder a esta pregunta debemos hacer balance de dónde nos encontramos. El estructuralismo, el marxismo, el postestructuralismo y demás corrientes han dejado de ser los temas atractivos que en otro tiempo fueron. Lo que en su lugar es atractivo es el sexo. En las orillas más inhóspitas de la academia, el interés por la filosofía francesa ha dejado paso a la fascinación por el beso francés. En algunos círculos culturales, la política de la masturbación ejerce una fascinación mucho mayor que la política de Oriente Próximo. El socialismo ha ido perdiendo terreno frente al sadomasoquismo. Entre los estudiosos de la cultura, el cuerpo es un tema que está de moda, pero, por lo común, se trata del cuerpo erótico, no del cuerpo famélico. Hay un interés entusiasta por los cuerpos copulando, pero no por los cuerpos trabajando. Los estudiantes de clase media y habla serena se amontonan obedientemente en las bibliotecas para trabajar sobre temas sensacionalistas como el vampirismo o el arte de sacarse los ojos, los cyborgs o las películas pornográficas.
Nada podía ser más comprensible. Trabajar en la literatura del látex o en las consecuencias políticas de hacerse un piercing en el ombligo significa tomarse al pie de la letra el sabio adagio de que el estudio debería ser divertido. Es un poco como escribir la tesis doctoral sobre el aroma comparativo de los whiskies de malta o sobre la fenomenología de estar tumbado en la cama todo el día. Esto produce una continuidad sin fisuras entre el intelecto y la vida cotidiana. Hay algunas ventajas en el hecho de ser capaz de escribir una tesis doctoral sin despegarse de la pantalla del televisor. En los viejos tiempos, el rock era una distracción de los estudios; ahora podría ser perfectamente lo que uno está estudiando. Las cuestiones intelectuales han dejado de ser un asunto para encerrarse en una torre de marfil y han pasado a pertenecer al mundo de los medios de comunicación y las grandes superficies comerciales, los dormitorios y los burdeles. Como tales, se reintegran en la vida cotidiana; pero corren el riesgo de perder su capacidad para someterla a crítica.

Hoy día, los carrozas que trabajan en las alusiones clásicas de Milton miran con recelo a los jóvenes turcos ensimismados con el incesto y el ciberfeminismo. Los brillantes jovencitos que redactan artículos sobre el fetichismo de los pies o la historia de la bragueta miran con desconfianza a los escuálidos y ancianos eruditos que se atreven a sostener que Jane Austen es mejor que Jeffrey Archer. Una ferviente ortodoxia deja paso a otra. Mientras que en los viejos tiempos uno podía ser expulsado de su círculo de estudiosos si no era capaz de encontrar una metonimia en Robert Herrick, hoy día podría estar considerado como un ganso incalificable por haber oído hablar siquiera alguna vez de metonimias o de Herrick.
Esta trivialización de la sexualidad resulta particularmente irónica, puesto que uno de los logros más sobresalientes de la teoría cultural ha sido el de establecer que el género y la sexualidad son objetos de estudio legítimos, así como cuestiones de relevancia política apremiante. Es sorprendente cómo durante siglos la vida intelectual se desarrolló bajo el supuesto tácito de que los seres humanos no tenían genitales. (Los intelectuales también se comportaban como si los hombres y las mujeres carecieran de estómago.
Como ya señalaba el filósofo Emmanuel Levinas respecto al concepto un tanto majestuoso de Dasein de Martin Heidegger para referirse al tipo de existencia peculiar de los seres humanos, «el Dasein no come».) Friedrich Nietzsche señaló en cierta ocasión que cada vez que alguien se refiriera con crudeza al ser humano como si fuera un vientre que tuviera dos necesidades y una cabeza que tuviera una, el amante del conocimiento debería escuchar con atención. En un anticipo histórico, la sexualidad está hoy día firmemente asentada en la vida académica como una de las piedras angulares de la cultura humana. Hemos acabado por reconocer que esa existencia humana trata al menos tanto de la imaginación y el deseo como de la verdad y la razón. Solo que la teoría cultural de la actualidad parece comportarse como un profesor solterón de mediana edad que distraídamente hubiera encontrado sexo y estuviera recuperando frenéticamente el tiempo perdido.
Otro triunfo histórico de la teoría cultural ha sido el de establecer que la cultura popular también es digna de estudio. Salvo algunas honrosas excepciones, el academicismo tradicional ha obviado durante siglos la vida cotidiana de la gente común. De hecho, era la propia vida lo que solía obviar, y no simplemente la cotidiana. Hace no mucho tiempo, en algunas universidades tradicionalistas no se podía investigar sobre autores que todavía estuvieran vivos. Esto era un gran incentivo para asestarles una cuchillada en las costillas en una noche de niebla, o una asombrosa prueba de paciencia si el novelista que uno había escogido tenía una salud de hierro y solo treinta y cinco años. Verdaderamente no se podía investigar sobre nada que uno viera a diario a su alrededor, puesto que era por definición indigno de estudio. La mayor parte de las cosas que se consideraban adecuadas para el estudio de las humanidades no eran visibles, como cortarse las uñas o Jack Nicholson, sino invisibles, como Stendhal, el concepto de soberanía o la sinuosa elegancia del concepto de mónada de Leibniz.
Hoy día se admite de manera general que la vida cotidiana es tan intrincada, insondable, oscura y en ocasiones tediosa como Wagner, y por tanto sumamente digna de ser investigada. En los viejos tiempos, la prueba de lo que valía la pena estudiar era con bastante frecuencia lo fútil, monótono y esotérico que tal materia fuera. Hoy día, en algunos círculos la clave es que se trate de algo que uno y sus amigos hagan por las tardes. Antes los alumnos escribían acríticos ensayos reverenciales sobre Flaubert; pero todo eso ha cambiado. En la actualidad escriben acríticos ensayos reverenciales sobre la serie Friends.
Aun así, el advenimiento de la sexualidad y la cultura popular como temas de estudio legítimos ha acabado con un poderoso mito. Ha contribuido a echar por tierra el dogma puritano de que una cosa es la seriedad y otra el placer. El puritano confunde el placer con la frivolidad porque confunde la seriedad con la solemnidad. El placer queda fuera del dominio del conocimiento, y por tanto es peligrosamente anárquico. Según este punto de vista, estudiar el placer sería como analizar por medios químicos el champán en lugar de bebérselo.
El puritano no entiende que el placer y la seriedad están en este sentido relacionados: que averiguar cómo la vida podría ser más agradable para más gente es un asunto serio. Tradicionalmente se conoce como discurso moral. Pero también podría llamársele discurso «político».
Y, sin embargo, el placer, una palabra en boga para la cultura contemporánea, también tiene sus límites. Averiguar cómo hacer la vida más placentera no es siempre algo placentero. Al igual que toda investigación científica, exige paciencia, disciplina y una inagotable capacidad para aburrirse. En cualquier caso, a menudo el hedonista que abraza el placer como la realidad última es simplemente un puritano en plena rebelión. Ambos están por regla general obsesionados con el sexo. Ambos identifican verdad con gravedad. El capitalismo puritano a la antigua usanza nos prohibía divertirnos, puesto que una vez que hubiéramos adquirido el gusto por la cuestión seguramente no podríamos volver a ver jamás el trabajo desde dentro.
Sigmund Freud sostenía que si no fuera por lo que él denominaba el principio de realidad, estaríamos simplemente tumbados todo el día sin hacer nada en diferentes estados de jouissance algo escandalosos. No obstante, un tipo de capitalismo consumista más ladino nos persuade de que satisfagamos nuestros sentidos y nos complazcamos con tan poca mala conciencia como sea posible. De ese modo, no solo consumiremos más bienes, sino que también identificaremos nuestra propia satisfacción con la supervivencia del sistema. Aquel que no consiga regodearse orgasmáticamente en el deliquio sensual recibirá a última hora de la noche la visita de un aterrador matón conocido como el superyó, cuyo castigo por tamaña falta de disfrute es la culpa atroz. Pero como este rufián también nos tortura por disfrutar, bien podríamos sacar algún provecho de la desventaja y disfrutar en todo caso.
De manera que en el placer no hay nada intrínsecamente subversivo. Al contrario, como reconocía Karl Marx, es un credo rigurosamente aristotélico. Al tradicional gentleman inglés le disgustaba tanto el trabajo del que no se disfrutaba que ni siquiera tenía que molestarse en expresarse de forma adecuada. De ahí que hablara arrastrando las palabras y con dificultad. Aristóteles creía que ser humano era algo en lo que uno tenía que ir mejorando mediante la práctica constante, como aprender catalán o tocar la gaita; mientras que si el gendeman inglés era virtuoso, como en ocasiones se dignaba a ser, su bondad era netamente espontánea. El esfuerzo moral era para los comerciantes y los dependientes..."