martes, 28 de julio de 2009

Justicia

Justicia

Los medios no mienten siempre. A veces son tan sinceros que nos evitan la tarea de un análisis de lo implícito en sus representaciones, de lo oculto y velado por las artimañas que nos permite el lenguaje. Estos casos a los que nos referimos exponen principios fundamentales de la vida social, muchos de ellos enunciados en teorías sociales de orientación crítica. Uno de esos principios dice, más o menos, que las leyes son el resultado de una puja política, de una lucha entre sectores sociales por imponer sus intereses haciéndolos pasar por los intereses de la mayorías, el resultado de una lucha en el campo del poder; algo muy alejado de la idea de contrato social impulsada por los pensadores liberales del siglo XVI y XVII.

Esto significa que muchas de las normas que rigen nuestra vida social están diseñadas, y son impuestas, para favorecer, todavía más, a los ya favorecidos. Y cuando parecen representar intereses universales su aplicación es tan discrecional y arbitraria que vuelve a beneficiar a los sectores dominantes.

Un ejemplo, brutal, de lo que venimos señalando lo retrata una nota del diario La Nación del último domingo. Allí se relata que la justicia porteña será más dura con quienes protesten cortando calles. Por supuesto los sujetos que se menciona son los piqueteros y sindicalistas –con una foto más que alusiva-, y se agrega a los ecologistas en un intento por disimular la aplicación tan discrecional de una de por sí cuestionada norma.

De los protestas y cortes apoyando a la Mesa de Enlace durante el año pasado, o de las promotoras de Radio 10 interrumpiendo el tránsito mientras reparten banderas argentinas en fechas alusivas, entre otras, ni una línea en la nota y ni un llamado de atención por parte de la fiscalía porteña.

viernes, 24 de julio de 2009

Política y teoría

Política y teoría


Después de la teoría es el título de uno de libros publicados por Terry Eagleton, prestigioso ensayista inglés que todavía, y más allá de cualquier moda intelectual, sigue reivindicándose marxista a la hora de abordar el análisis político y cultural.
Precisamente sobre "modas" trata el primer capítulo, "La política de la amnesia", donde Eagleton nos brinda un panorama del estado de las investigaciones en ciencias sociales y los desplazamientos que allí han ocurrido, sobre todo, en los objetos de estudio.
Con una fina ironía, el autor inglés nos describe el vínculo estrecho que existe entre política y teoría, entre la funcionalidad, o no, de lo que se investiga y la repoducción, o no, del sistema social.
A continuación un fragmento de este brillante capítulo, que perfectamente podía haberse escrito luego de un paseo por alguno de los institutos de investigación social argentinos.

"...¿Qué tipo de pensamiento nuevo exige esta nueva era? Para poder responder a esta pregunta debemos hacer balance de dónde nos encontramos. El estructuralismo, el marxismo, el postestructuralismo y demás corrientes han dejado de ser los temas atractivos que en otro tiempo fueron. Lo que en su lugar es atractivo es el sexo. En las orillas más inhóspitas de la academia, el interés por la filosofía francesa ha dejado paso a la fascinación por el beso francés. En algunos círculos culturales, la política de la masturbación ejerce una fascinación mucho mayor que la política de Oriente Próximo. El socialismo ha ido perdiendo terreno frente al sadomasoquismo. Entre los estudiosos de la cultura, el cuerpo es un tema que está de moda, pero, por lo común, se trata del cuerpo erótico, no del cuerpo famélico. Hay un interés entusiasta por los cuerpos copulando, pero no por los cuerpos trabajando. Los estudiantes de clase media y habla serena se amontonan obedientemente en las bibliotecas para trabajar sobre temas sensacionalistas como el vampirismo o el arte de sacarse los ojos, los cyborgs o las películas pornográficas.
Nada podía ser más comprensible. Trabajar en la literatura del látex o en las consecuencias políticas de hacerse un piercing en el ombligo significa tomarse al pie de la letra el sabio adagio de que el estudio debería ser divertido. Es un poco como escribir la tesis doctoral sobre el aroma comparativo de los whiskies de malta o sobre la fenomenología de estar tumbado en la cama todo el día. Esto produce una continuidad sin fisuras entre el intelecto y la vida cotidiana. Hay algunas ventajas en el hecho de ser capaz de escribir una tesis doctoral sin despegarse de la pantalla del televisor. En los viejos tiempos, el rock era una distracción de los estudios; ahora podría ser perfectamente lo que uno está estudiando. Las cuestiones intelectuales han dejado de ser un asunto para encerrarse en una torre de marfil y han pasado a pertenecer al mundo de los medios de comunicación y las grandes superficies comerciales, los dormitorios y los burdeles. Como tales, se reintegran en la vida cotidiana; pero corren el riesgo de perder su capacidad para someterla a crítica.

Hoy día, los carrozas que trabajan en las alusiones clásicas de Milton miran con recelo a los jóvenes turcos ensimismados con el incesto y el ciberfeminismo. Los brillantes jovencitos que redactan artículos sobre el fetichismo de los pies o la historia de la bragueta miran con desconfianza a los escuálidos y ancianos eruditos que se atreven a sostener que Jane Austen es mejor que Jeffrey Archer. Una ferviente ortodoxia deja paso a otra. Mientras que en los viejos tiempos uno podía ser expulsado de su círculo de estudiosos si no era capaz de encontrar una metonimia en Robert Herrick, hoy día podría estar considerado como un ganso incalificable por haber oído hablar siquiera alguna vez de metonimias o de Herrick.
Esta trivialización de la sexualidad resulta particularmente irónica, puesto que uno de los logros más sobresalientes de la teoría cultural ha sido el de establecer que el género y la sexualidad son objetos de estudio legítimos, así como cuestiones de relevancia política apremiante. Es sorprendente cómo durante siglos la vida intelectual se desarrolló bajo el supuesto tácito de que los seres humanos no tenían genitales. (Los intelectuales también se comportaban como si los hombres y las mujeres carecieran de estómago.
Como ya señalaba el filósofo Emmanuel Levinas respecto al concepto un tanto majestuoso de Dasein de Martin Heidegger para referirse al tipo de existencia peculiar de los seres humanos, «el Dasein no come».) Friedrich Nietzsche señaló en cierta ocasión que cada vez que alguien se refiriera con crudeza al ser humano como si fuera un vientre que tuviera dos necesidades y una cabeza que tuviera una, el amante del conocimiento debería escuchar con atención. En un anticipo histórico, la sexualidad está hoy día firmemente asentada en la vida académica como una de las piedras angulares de la cultura humana. Hemos acabado por reconocer que esa existencia humana trata al menos tanto de la imaginación y el deseo como de la verdad y la razón. Solo que la teoría cultural de la actualidad parece comportarse como un profesor solterón de mediana edad que distraídamente hubiera encontrado sexo y estuviera recuperando frenéticamente el tiempo perdido.
Otro triunfo histórico de la teoría cultural ha sido el de establecer que la cultura popular también es digna de estudio. Salvo algunas honrosas excepciones, el academicismo tradicional ha obviado durante siglos la vida cotidiana de la gente común. De hecho, era la propia vida lo que solía obviar, y no simplemente la cotidiana. Hace no mucho tiempo, en algunas universidades tradicionalistas no se podía investigar sobre autores que todavía estuvieran vivos. Esto era un gran incentivo para asestarles una cuchillada en las costillas en una noche de niebla, o una asombrosa prueba de paciencia si el novelista que uno había escogido tenía una salud de hierro y solo treinta y cinco años. Verdaderamente no se podía investigar sobre nada que uno viera a diario a su alrededor, puesto que era por definición indigno de estudio. La mayor parte de las cosas que se consideraban adecuadas para el estudio de las humanidades no eran visibles, como cortarse las uñas o Jack Nicholson, sino invisibles, como Stendhal, el concepto de soberanía o la sinuosa elegancia del concepto de mónada de Leibniz.
Hoy día se admite de manera general que la vida cotidiana es tan intrincada, insondable, oscura y en ocasiones tediosa como Wagner, y por tanto sumamente digna de ser investigada. En los viejos tiempos, la prueba de lo que valía la pena estudiar era con bastante frecuencia lo fútil, monótono y esotérico que tal materia fuera. Hoy día, en algunos círculos la clave es que se trate de algo que uno y sus amigos hagan por las tardes. Antes los alumnos escribían acríticos ensayos reverenciales sobre Flaubert; pero todo eso ha cambiado. En la actualidad escriben acríticos ensayos reverenciales sobre la serie Friends.
Aun así, el advenimiento de la sexualidad y la cultura popular como temas de estudio legítimos ha acabado con un poderoso mito. Ha contribuido a echar por tierra el dogma puritano de que una cosa es la seriedad y otra el placer. El puritano confunde el placer con la frivolidad porque confunde la seriedad con la solemnidad. El placer queda fuera del dominio del conocimiento, y por tanto es peligrosamente anárquico. Según este punto de vista, estudiar el placer sería como analizar por medios químicos el champán en lugar de bebérselo.
El puritano no entiende que el placer y la seriedad están en este sentido relacionados: que averiguar cómo la vida podría ser más agradable para más gente es un asunto serio. Tradicionalmente se conoce como discurso moral. Pero también podría llamársele discurso «político».
Y, sin embargo, el placer, una palabra en boga para la cultura contemporánea, también tiene sus límites. Averiguar cómo hacer la vida más placentera no es siempre algo placentero. Al igual que toda investigación científica, exige paciencia, disciplina y una inagotable capacidad para aburrirse. En cualquier caso, a menudo el hedonista que abraza el placer como la realidad última es simplemente un puritano en plena rebelión. Ambos están por regla general obsesionados con el sexo. Ambos identifican verdad con gravedad. El capitalismo puritano a la antigua usanza nos prohibía divertirnos, puesto que una vez que hubiéramos adquirido el gusto por la cuestión seguramente no podríamos volver a ver jamás el trabajo desde dentro.
Sigmund Freud sostenía que si no fuera por lo que él denominaba el principio de realidad, estaríamos simplemente tumbados todo el día sin hacer nada en diferentes estados de jouissance algo escandalosos. No obstante, un tipo de capitalismo consumista más ladino nos persuade de que satisfagamos nuestros sentidos y nos complazcamos con tan poca mala conciencia como sea posible. De ese modo, no solo consumiremos más bienes, sino que también identificaremos nuestra propia satisfacción con la supervivencia del sistema. Aquel que no consiga regodearse orgasmáticamente en el deliquio sensual recibirá a última hora de la noche la visita de un aterrador matón conocido como el superyó, cuyo castigo por tamaña falta de disfrute es la culpa atroz. Pero como este rufián también nos tortura por disfrutar, bien podríamos sacar algún provecho de la desventaja y disfrutar en todo caso.
De manera que en el placer no hay nada intrínsecamente subversivo. Al contrario, como reconocía Karl Marx, es un credo rigurosamente aristotélico. Al tradicional gentleman inglés le disgustaba tanto el trabajo del que no se disfrutaba que ni siquiera tenía que molestarse en expresarse de forma adecuada. De ahí que hablara arrastrando las palabras y con dificultad. Aristóteles creía que ser humano era algo en lo que uno tenía que ir mejorando mediante la práctica constante, como aprender catalán o tocar la gaita; mientras que si el gendeman inglés era virtuoso, como en ocasiones se dignaba a ser, su bondad era netamente espontánea. El esfuerzo moral era para los comerciantes y los dependientes..."

jueves, 14 de febrero de 2008

La vida de los otros o el fin de la historia

La crítica cinematográfica “bien pensante” no dudó en calificar de manera unánime a La vida de los otros (Florian Henckel-Donnersmarck, Alemania, 2006) como muy buena o excelente. La película, ciertamente, atrapa gracias al suspenso que el guión le imprime a la trama y las muy buenas actuaciones de la mayoría del elenco. Conmueve por la forma en que el film retrata de qué manera la libertad de expresión y la vida privada de las personas eran violadas sistemáticamente por la Stasi, la policía secreta de la Alemania Oriental stalinista. Pero como sucede con todo producto cultural, el problema excede cuestiones meramente estéticas, del género o el soporte. Una película que ofrece una versión sobre un periodo histórico expresa una posición política, y adquiere su importancia en tanto representa de cierta manera una época, los sujetos colectivos encarnados en cada uno de los personajes, los problemas que enfrentan, cómo los resuelven, etc. ¿Qué función cumple este film en la disputa del sentido respecto de esa período de la historia, nuestro presente y por supuesto de nuestro futuro? Precisamente, allí radica el nudo del problema obviado por la crítica o concebido muy superficialmente por quienes lo mencionaron sólo al pasar.

La historia comienza en Berlín oriental durante 1984 –una obvia y trillada referencia a la novela de George Orwell-, pocos años antes de la caída del Muro y la desmantelación de la Unión Soviética. Allí, un director de teatro y su novia, junto con otros artistas, son vigilados por Gerd Wiesler -brillante actuación de Ulrich Mühe-, capitán de la Stasi, por ser sospechosos de criticar al régimen comunista que gobernaba la República Democrática Alemana. La película retrata cómo los artistas se las ingenian para evadir los mecanismos de control con el objetivo de publicar en el exterior –el bloque occidental, por supuesto, erigido como paradigma de respeto a las libertades democráticas- un artículo denunciando el autoritarismo del régimen. La caracterización del agente de la policía secreta y los funcionarios estatales repite los mismos estereotipos que el cine más superficial utilizó para retratar la vida en los estados obreros burocratizados: la insensibilidad de los funcionarios ante las manifestaciones artísticas, el aprovechamiento de su poder para suplir sus dificultades para relacionarse con las mujeres y la corrupción como práctica corriente; no faltó la traición y la debilidad encarnadas en la mujer.

Del film emerge una visión parcial de quienes resistían el autoritarismo del régimen stalinista: los artistas que vivían en Alemania oriental y las críticas que provenían del bloque occidental. No hay en toda la película una sola mención a grupos disidentes de izquierda, internos o externos, estrictamente políticos. Escritores, músicos, actores –¿una elipsis autorreferencial que concluye en los cineastas?- son los únicos que levantan la bandera de la libertad de opinión, expresión y pensamiento. No es casualidad, entonces, que el agente riguroso y férreo en su tarea de vigilancia sólo pueda conmoverse ante la música de Bethoven o un poema de Brecht –por supuesto, la película omite mencionar la filiación comunista del célebre poeta y dramaturgo alemán-, dejando en claro que para el director la toma de conciencia, la libertad, sólo puede provenir de la mano del arte y los artistas.

La película reproduce la versión oficial y petrificante de la historia mundial: no existe nada más progresivo que el capitalismo ya que las experiencias de los socialismos reales resultaron ser tan totalitarias como los fascismos europeos de la primera mitad del siglo veinte, y a quienes breguen por la revolución social les espera el mismo fatídico destino. El retrato de la época no contiene una sola referencia que le permita al espectador acceder a una explicación histórica de las causas que provocaron la burocratización de los estados obreros. Tampoco de sus contradicciones, sólo el teleologismo clásico del pensamiento liberal –y de sus aggiornados de izquierda- de la segunda mitad del siglo veinte en adelante, que sostiene que a toda experiencia similar la espera el mismo destino. Porque es en su mismo origen donde está el núcleo traumático que no puede evadir. De ahí la exaltación que el film hace -¡¡veinte años después!!- de la caída del Muro de Berlín, sin pasar revista al precio que están pagando hoy en día los habitantes de los ex países socialistas debido a la restauración capitalista.

Una película políticamente correcta. Pero en política la corrección lejos está de ser una virtud. El film cae en los mismos defectos que pretende cuestionar, y ni siquiera cumple con la tarea del arte que en ella se intenta reivindicar. Si el realismo de la época stalinista estaba destinado a legitimar en el plano simbólico a la burocracia soviética, La vida de los otros opera como propaganda (de calidad, es cierto) de la versión oficial sobre las causas que hicieron de los socialismos reales una experiencia histórica muy diferente de su proyecto original. Esta operación discursiva, que deja en evidencia su raíz fundamentalmente conservadora, se completa con una contradicción más: si la película quiere dejar en claro que sólo el arte puede conmover la impresión habitual que los sujetos tienen sobre los fundamentos del mundo en que viven, hay una profunda traición a sus propios postulados porque en ella se justifica no sólo la versión oficial de la historia sino también cierto desencanto que existe respecto de la necesidad de comprometerse en la ardua tarea de cambiar el mundo, no desde el arte, lo cual por otra parte es imposible mas allá de su invalorable aporte, sino desde la política.

El mismo Brecht afirmaba que “puesto que las cosas son así, no deben seguirlo siendo” en referencia a la necesidad de que los artistas tomaran posición respecto de los grandes problemas de la humanidad. En cambio, para La vida de los otros las cosas parecen estar bien tal como están, componiendo así una versión disimulada del fin de la historia.

viernes, 8 de febrero de 2008

El “estado bobo”de Pepe Eliaschev

El “estado bobo”de Pepe Eliaschev

Algunos desprevenidos pueden tildarlo de progre –salvo sus ex-estudiantes de la carrera de Comunicación de la UBA, que saben de sus artimañas como profesor. Con la utilización aberrante del recurso argumentativo de la comparación, nos referimos a Pepe Eliaschev, las expresiones de su pluma reaccionaria confunden y eluden sincerar su filiación ideológica.

En un fragmento de su columna en el diario Perfil del último domingo, pone en duda que el Estado argentino haya vuelto, luego de la “larga ignominia neoliberal”, a ejercer su autoridad, como suele afirmarse, dice, en el discurso dominante de estos días. Si la privatización de las empresas estatales de servicios públicos fue la marca registrada de los noventa, actualmente nos encontramos con “la privatización de la frontera argentino-uruguaya a la altura de Gualeguaychú (…) Divertido, si se quiere: paradigma de la apropiación privada del espacio público, ese corte ilegal, dañino y sobrecogedoramente estéril es avalado por un gobierno que se lava cada mañana en las sacras aguas de la-recuperación-del-poder-de-decisión-del-Estado”.

Durante esos años, a ese Estado arrollado por el neoliberalismo se lo calificaba de “bobo”, porque “permitía hacer y dejaba pasar”. Ni siquiera, señala, Tatcher, Pinochet o Menem se atrevieron a privatizar el espacio público (sic) como están haciendo hoy los asambleístas de Gualeguaychú.

En la concepción de Eliaschev, los neoliberales serían los asambleístas, al mismo nivel que un genocida, y no el gobierno uruguayo que permite la depredación del medio ambiente –bien público si los hay- en beneficio de una empresa privada y extranjera, la pastera Botnia en este caso. Y el Estado argentino continuaría siendo tan “bobo” como en los noventa por permitir hacer y dejar pasar, o lo que es lo mismo, por no reprimir a esos mismos asambleístas en el lugar donde se desarrolla el corte –recordemos que el gobierno nacional, a través de la Prefectura, sí los reprimió en Puerto Madero-, y no por continuar con los grandes lineamientos económicos de la década anterior.

Un razonamiento más producto del “estado bobo” de Pepe Eliaschev.

martes, 5 de febrero de 2008

En defensa (o no tanto) de la universidad pública

En defensa (o no tanto) de la universidad pública

Una serie de afirmaciones, al diario Página/12, del funcionario a cargo de la recientemente creada cartera de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Dr. Lino Baraño, motivaron la respuesta de un conjunto de docentes, investigadores e intelectuales.

Una de esas respuestas fue la de Atilio Borón, docente de la Facultad de Ciencias Sociales y ex Secretario Ejecutivo de CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales). Con el objetivo de refutar la afirmación de que las ciencias sociales no eran las cenicientas del presupuesto nacional destinado a la investigación científica, ya que contaban con igual cantidad de recursos, Borón señala como ejemplo de una situación más que desigual, la cantidad de docentes de dedicación exclusiva de la Facultad de Ciencias Sociales en comparación con la de Ciencias Exactas: “Mientras que en el primer caso se trata de una cifra ínfima, en el segundo abarca, y en buena hora, a la casi totalidad de su planta profesoral”.

Otro de los argumentos que esgrime Borón para desautorizar a Baraño es “la articulación existente entre el sector privado, e inclusive las agencias del Estado, y los investigadores: mientras que en el caso de Sociales esa vinculación es prácticamente inexistente, en Exactas constituye un importante –atención al eufemismo- vehículo de reforzamiento presupuestario”.

En la misma nota, líneas más arriba, había afirmado que “nuestro sistema es paupérrimo por comparación a nuestros vecinos subdesarrollados, y esto debería convencer al ministro de que su primerísima tarea será lograr que las abultadas arcas del Tesoro nacional se dignen a financiar como se debe el sistema científico y universitario”

¿En qué quedamos Borón? ¿Es el Estado o el mercado quien debe financiar la investigación y la docencia?

Contradicciones del progresismo argentino en ¿defensa? de la universidad... ¿pública?

miércoles, 2 de enero de 2008

Repreguntar

Repreguntar

Las entrevistas periodísticas permiten, entre otras cosas, conocer las diferentes posturas de los actores involucrados en los conflictos sociales representados y difundidos por los medios masivos de comunicación; por este motivo juegan un rol clave para que los oyentes, lectores o espectadores comprendan mejor las cusas que motivan la emergencia de estos fenómenos. El reportaje realizado en el programa que conduce Nelson Castro (AM 1030, L a V de 6 a 9 hs.) al diputado porteño por el PRO, Diego Santilli, muestra que también pueden servir para todo lo contrario.

Aprovechando el contacto telefónico con el entrevistado –para conocer la versión oficial sobre las razones que dieron lugar a un incremento de hasta el trescientos por ciento en la tasa de ABL-, uno de los periodistas del programa le preguntó por los más de dos mil contratos que caducan a fin de año, y no se renovarían, de personas que prestan servicio en las distintas dependencias del gobierno porteño.

La respuesta del diputado fue la imposibilidad, para cada gobierno que asume, de mantener a las personas que habían sido llevadas por las anteriores administraciones; equiparando de esta manera a los funcionarios políticos –ñoquis en muchos casos- con los miles de empleados públicos que desde hace años trabajan para el estado con contratos precarios, viendo vulnerados sus derechos laborales más elementales.

Ante tamaña evidencia de querer tergiversar los hechos, el periodista, en vez de señalar esta situación que es de público conocimiento, sólo atinó a decir: “Está claro, está claro”. Al fin de cuentas, la política oficial de dejar en la calle a miles de personas contó con la complicidad, consciente o inconsciente, poco importa, de un periodista que ni siquiera se atrevió a volver a preguntar.

Todo es cultura

Todo es cultura

El título: “Un asadito con Alan Faena”. El contenido: una descripción de la recepción de fin de año con la que el empresario agasaja a la prensa (los platos, el chef). La mirada: condescendiente con el evento y su mentor. El medio: Ñ, la Revista de Cultura (sic) del diario Clarín.